divendres, 13 de novembre de 2015

CAMINS DE NENS I D'ADULTS

Nosotros, los adultos, podemos contarnos una historia, dar y recibir golpes hasta que resuenan los escudos, viajar deprisa y lejos, casarnos, desmoronarnos y morir; y todo mientras estamos sentados tranquilamente junto al fuego o tumbados boca abajo en la cama. Eso es precisamente lo que un niño no puede hacer, o no hace, al menos, mientras puede encontrar otra cosa. Anda todo el día atareado con sencillas figuras y accesorios teatrales. Cuando su historia llega a la lucha, debe levantarse, coger algo que haga las veces de espada y sostener una refriega con un mueble hasta perder el aliento. Cuando le toca cabalgar con el indulto del rey, tiene que montarse a horcajadas en una silla, a la que azuzará y azotará tanto y sobre la que perderá la compostura con tanta furia que el mensajero llegará, si no bañado en sangre por las espuelas, al menos intensamente colorado por las prisas. Si su aventura trata de un accidente en un acantilado, tiene que trepar a la cómoda y tirarse físicamente sobre la alfombra, para que su imaginación quede satisfecha. Los soldaditos de plomo, las muñecas, todos los juguetes, en resumidas cuentas, se incluyen en la misma categoría y responden al mismo fin. Nada puede hacer tambalear la fe un niño; acepta los sustitutos más burdos y puede tragarse las incongruencias más clamorosas. Si la silla que acaba de asediar como un castillo, o de despedazar valientemente en el suelo como un dragón, es elegida para acomodar a un visitante matutino, él ni se inmuta. Puede pelearse durante horas con un cubo de carbón inmóvil; en medio del jardín encantado, puede ver, sin sorpresa aparente, al jardinero sacando patatas tranquilamente para la comida de ese día. Puede abstraer todo aquello que no casa con su fabulación y mirar hacia otro lado, igual que nosotros contenemos la respiración en un callejón hediondo. Y así, aunque los caminos de los niños se cruzan con los de sus mayores en cien sitios todos los días, nunca van en la misma dirección ni tampoco participan del mismo elemento. Del mismo modo que los cables del telégrafo pueden cruzarse con la línea de la carretera, o un paisajista y un viajante visitar el mismo país y, no obstante, moverse en mundos distintos.

 Robert Louis Stevenson, "Juego de niños"
 Memoria para el olvido. Los ensayos de RLS (Siruela, 2005). Traducció d'Ismael Attrache


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