divendres, 5 de setembre de 2008

L'ALFABET DE LA FELICITAT

Per a un text llarg que se'm cou massa rellegeixo fragments crítics sobre l'obra de Josep Carner, i un cop de sort m'avara a les pàgines de Paulina Crusat, una de les intel·ligències literàries més preclares dels anys cinquanta per aquests verals, avui estranyament desapareguda (o eclipsada) de la memòria cultural comuna. Així com de passada l'assagista i traductora se sent capaç de definir-nos el mester de l'artista ("proporcionarnos esa atmosfera más densa en emoción que el corazón necesita para respirar"). I llavors, després d'un breu elogi d'Arbres i de qualificar com essencialista la poesia dedicada per l'autor al món sensible, apunta:

Tres líneas le bastan a Carner para hacernos saber lo que es un ciruelo, otras tres para fijar el carácter de un almendro en particular. Serán, almendros y demás, como Manent nos advierte, árboles antropomorfistas, ya que el hombre se toma siempre por medida de todo; mas es una justa medida, puesto que en la Tierra no hay otra, y hasta el día en que algo pueda inducirnos a creer que un manzano se piensa a sí mismo, habremos de aceptar como sentido suyo auténtico y único el mensaje que su presencia irradie hacia el alma del hombre. Si es cierto que los hombres les prestan sus sentimientos a las cosas, no es menos cierto que a menudo los han aprendido de ellas. Los tallos han enseñado a decir “gracia” y las fuentes “pureza”. Carner es recopilador y descifrador maravilloso de esos signos, que son como el alfabeto de la felicidad.

El objeto elegido, pulcramente disecado de toda fibra inútil, su mano, más ligera que la de un cirujano ilustre, nos lo alarga intacto, sin que haya sufrido un filamento o el polvillo de plata de una hoja. Y no sólo los seres de toda especie dicen en Carner, con brevedad de oráculo, su modo y su razón de ser, su esencia y su quintaesencia. Lo dicen el aguacero fino y el plenilunio de otoño, el mes de noviembre y el día de marzo. Lo dice el instante más veloz. Nadie amó más que Carner el instante; pero los poetas del instante y el color del tiempo suelen decir sin palabras: “Todo pasa”, y Carner dice “Todo queda”. Eterniza el momento, no sólo salvándolo del olvido, sino convirtiéndolo en modelo de sí mismo
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Paulina Crusat, "Carner, poeta esencialista" (1959)

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