diumenge, 1 de maig de 2011

CAP A LA SORTIDA

Comenzó a marchar hacia la salida, viendo o entreviendo otros nombres de su infancia: Audiffred, Despuys, Murphy, Martelli. Hasta que de pronto vio con asombro una lápida que decía:

Ernesto Sabato
Quiso ser enterrado en esta tierra
con una sola palabra en su tumba
PAZ

Se apoyó en una pequeña verja y cerró sus ojos. Después, cuando volvió a abrirlos, con todo, salió del cementerio con un sentimiento que nada tenía de trágico: los fúnebres cipreses, el silencio de la noche que se avecinaba, el aire con tenues olores de pampa, esos sutiles y apagados ademanes de la infancia (como los de un viajero que se va para siempre y que desde la ventanilla del tren hace púdicas señales de despedida) le producían más bien esa sensación de melancólico reposo que se siente de niño cuando se pone la cabeza en el regazo de la madre, cerrando todavía los ojos llenos de lágrimas después de haber sufrido una pesadilla.

Ernesto Sabato, Abaddón el exterminador (1974)

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